lunes 9 de enero de 2012

El Tiempo que ya no nos queda

Dylan cerró los ojos y agachó la cabeza un instante. El parque parecía diferente a la luz de la tarde. Sin estrellas, sin luna llena, sin la magia que le llenaba los pulmones cada vez que hablaba. Sin embargo, podía sentirlo ahí mismo, rozándole sutilmente la piel, como una brisa demasiado ligera para refrescarle el rostro. La presencia de April se hacía más fuerte durante aquellos días de primavera, como si brotara de la tierra como una hermosa flor, adornando lo que quedaba del invierno. Dylan suspiró y elevó la vista hacia el cielo de un profundo azul claro. Si tan solo alguien le concediera una oportunidad. Una diminuta posibilidad. La seguiría hasta donde fuera que hubiese ido, retaría a la misma muerte y atravesaría las nubes hasta encontrarla. Y cuando lo hiciera, tomaría su mano como antes, tan firmemente que haría falta la fuerza de mil hombres para separarlos, y flotarían juntos en las suaves brisas de abril, su mes favorito, y el tiempo se anularía para ambos, dejándolos a merced de su amor como único refugio.

viernes 16 de diciembre de 2011

Cuando nadie nos ve...

Sus miradas se encuentran. Los separa apenas un estrecho pasillo en aquel tren repleto de pasajeros, pero para ambos pareciera ser un abismo sin fondo, imposible de cruzar. Tan solo una mirada, para ella se convierte en un globo de helio que se eleva por las nubes, arrastrándola sin esfuerzo hasta rozar las estrellas. Para él, un paraguas que lo cubre de la tormenta, que le brinda cobijo y seguridad.

Una sonrisa. Para ella se convierte en un instante sobre la arena del mar, bajo las cálidas caricias de una puesta de sol. Para él, una noche estrellada sobre la hierba de un bosque encantado.

Un ligero roce con los dedos. Para ella se convierte en una oleada de mariposas de mil colores que se mecen con el viento, sobre su cabeza y bajo sus pies. Para él, un puente hecho de ilusiones que atraviesa aquel abismo oscuro que los separa.

Se levanta decidido a cruzarlo, apretando ambas manos escondidas entre los bolsillos, empujado por la esperanza de embarcarse en un sueño teñido de los colores que hace tiempo no ve.

Pero el tren se detiene para ese entonces. Sus puertas se abren y, en menos de un segundo, ella desaparece entre la multitud.

Sin saber sus nombres, sin conocer el sonido de sus voces, ambos se despiden en silencio y la ilusión se esfuma como una pompa de jabón estallada por la aguja de la realidad

jueves 1 de diciembre de 2011

En mente, alma y cuerpo...

- Señorita Harper.

- Señor Knightley-. Annie respondió al saludo con una inclinación de la cabeza y sintió que el esfuerzo que empeñaba en mantener su compostura le causaba un dolor lacerante en el pecho-. Es un jardín bastante hermoso, si me permite decirlo, un jardín que me recuerda a…

- He escuchado que va a casarse-. La interrumpió secamente. Annie levantó la mirada paralizada por el miedo que le producía el simple hecho de hallar esos ojos que la observaban con absoluta frialdad. Para su sorpresa, descubrió que aquellos ojos profundamente azules la contemplaban con algo parecido a la tristeza.

- Así es-. Se limitó a responder casi en un susurro-. El Señor Brighton es un hombre muy… agradable.

William guardó silencio unos segundos, desviando la mirada hacia el estanque que hacía las veces de espejo, reflejando una luna perfectamente redonda que alumbraba con luz cándida las flores rosadas que los rodeaban.

- ¿Le ama?

- ¿Perdone?

- He preguntado que si le ama.

Annie clavó los ojos en el suelo ocultando el rubor en sus mejillas y se mordió el labio inferior con tanta fuerza que temió hacerse daño. Tenerlo allí, tener a William tan cerca y al mismo tiempo tan abismalmente lejos le causaba un ardor en el pecho imposible de ignorar, tan intenso que podía sentir cómo el corazón le palpitaba cada vez más rápido.

- Yo…- las palabras se amontonaban en sus labios negándose a salir.

William posó sus ojos azules en ella, abatiéndola con todo el poder de su intensa mirada.

- Disculpe…- Fue lo único que logró gesticular y, acto seguido, dio media vuelta y echó a andar rumbo a la mansión.

- Annie-. William se aproximó tan rápido como pudo y, tomándola de la mano, la acorraló contra una de las columnas que los rodeaban, una donde la luz de la luna iluminaba directamente sus ojos azul humo y, por una fracción de segundo Annie vio al mismo Will que alguna vez había conocido en su niñez.

- No puedo vivir esta farsa el resto de mi vida, necesito decirte lo mucho que te amo, lo mucho que te he amado durante toda mi vida.

Sus miradas se sostuvieron durante unos segundos que se hicieron eternos y Annie rompió aquella conexión hipnótica agachando la vista hacia el suelo.

- Te fuiste…- murmuró conteniendo las lágrimas.

- Lo hice- corroboró William buscando su mirada con desesperación-, y de ello me arrepiento cada día de mi existencia. Admito que mi comportamiento está lejos de ser justificado y que no he hecho más que empeorarlo con mi actitud reprochable y egoísta. Confieso que pensé que si ignoraba el hecho de haberte conocido, sería capaz de olvidarte y obedecer los deseos de mi padre. Pero lo cierto es que cada vez que respiro, mis pulmones se hinchan con tu recuerdo y nada de eso ha cambiado en los diez años que llevo viviendo esta mentira tan absurda. Comprendo si me odias por lo que he sido en estos últimos meses y nunca más volveré a importunarte a ti o a tu familia con mi presencia si esos son tus deseos. Pero no puedo concebir decirte adiós sin confesarte mis sentimientos y asegurarte que ni mi apellido ni la fortuna de mi familia son un obstáculo para hallar la felicidad que está justo frente a mis ojos. Estoy más que dispuesto a dejarlo todo atrás si tú, Marianne Harper, aceptas ser mi esposa.

Annie se percató de que llevaba varios minutos conteniendo el aliento en cuanto abrió la boca para respirar.

- No… no sé qué decir…-. Dubitó desviando la vista hacia cualquier lugar para evitar aquel rostro que le causaba un sentimiento tan fuerte entre las costillas.

Y entonces, sin previo aviso, Will atrapó sus labios en un movimiento tan suave y gentil que Annie no tuvo tiempo de reaccionar y, cuando lo hizo, sintió que todo su mundo se reducía a ese instante mágico en el que todos sus deseos se fundían en un dulce beso a la luz plateada de la luna.

lunes 18 de abril de 2011

Largas conversaciones con el silencio

Vida y Muerte cerraron el trato luego de largas horas de debate. Tristeza y Alegría les llevaban ventaja en ciertos asuntos de importancia que no debían pasarse por alto. El alma de los mortales era un arma de doble filo, una herramienta corrompible y, sin embargo, un artefacto de vital importancia. Desde que Tiempo podía recordar, Vida y Muerte se disputaban el poder de las almas, pero Tristeza y Alegría les tendían trampas a ambos, seduciendo a los mortales con sus palabras silenciosas para hacerles dudar.
El trato era el siguiente: si los mortales eran felices, permanecerían bajo el dominio de Vida. Pero si, por el contrario, eran desdichados, entonces Muerte reclamaría su posesión. El acuerdo parecía razonable para ambos que estrecharon sus manos con una sonrisa complacida.
Pero entonces vino de la nada un forastero llamado Sueño, que obsequió a las pobres almas mortales un arma que nadie más conocía. Cuando se sintieran perdidos en el nublado camino, bastaría con cerrar los ojos y entregarse a un letargo pasivo que les permitiría olvidar. Si temían ser infelices, Sueño los cobijaría en su inconciencia para que sus corazones sanaran en silencio. Cuando se sintieran cansados de andar y sus pensamientos fueran apenas una nube difusa, durmiendo lograrían despejarla.
Y fue así como Vida y Muerte se vieron amenazados por aquello que los hombres llamaron estabilidad. Ni felicidad ni desdicha, ni llanto ni risas... simplemente un mar calmado que los mecía suavemente en un suave sopor llamado Sueño.

martes 8 de marzo de 2011

Epitafio



Me levanto del suelo. La lluvia se derrama sobre mi rostro, llorando conmigo, tocando una suave melodía sobre el pavimento. La noche es helada y solitaria, y mi vestido blanco y empapado apenas me sirve para cubrirme. Pero no siento frío; no siento nada.

Mis piernas de bailarina se deslizan como autómatas por el oscuro callejón, y entonces atisbo la luz. La casa está vacía y taciturna, salvo por el sutil crepitar del fuego en la chimenea. Recorro cada pasillo, cada habitación. El olor a recuerdos invade mis pulmones. Cada cosa está en su lugar, tal y como las dejé cuando partí, excepto por el bullicio. No hay risas ni murmullos, no hay voces ni ruido, solo el eco de la vida que retumba entre los muros.

Y es entonces cuando la encuentro, inmóvil y taciturna, sentada sobre la vieja mecedora con la vista puesta en la ventana cerrada. Me acerco con cuidado de no asustarla y me agacho junto a su oído. Una lágrima teñida de negro se resbala por su mejilla de porcelana.

- ¿Dónde están todos?- pregunto en un susurro.

- En tu funeral.